FIELD NOTES 001. El silencio también comunica: lo que descubrimos cuando dejamos de hablar durante el paseo

FIELD NOTES 001. El silencio también comunica: lo que descubrimos cuando dejamos de hablar durante el paseo

Hay un momento durante algunos paseos en el que dejamos de hablar. No porque hayamos decidido guardar silencio. Simplemente deja de hacer falta.

Quizá sea entonces cuando empezamos a comunicarnos de verdad.

 

Hace diez minutos que no dices una sola palabra

El sendero asciende lentamente entre los pinos.

Todavía queda humedad de la noche y el suelo amortigua cada paso. El perro avanza unos metros por delante. Se detiene. Gira ligeramente la cabeza. No busca una orden. No espera permiso. Solo comprueba que sigues ahí.

Tú continúas caminando.

Él reanuda la marcha.

No habéis intercambiado una sola palabra desde hace varios minutos.

Y, sin embargo, resulta difícil recordar otro momento del día en el que ambos hayáis estado tan conectados.

Quizá porque la conexión nunca dependió realmente de la voz.

 

Una especie que habla con el cuerpo

Los humanos llenamos el silencio con facilidad.

Explicamos.

Corregimos.

Animamos.

Repetimos nombres.

Convertimos el paseo en una conversación constante.

Los perros, en cambio, nacieron dentro de un lenguaje completamente distinto.

Un cambio de peso sobre las patas.

Una mirada breve.

La velocidad al caminar.

La orientación del cuerpo.

La distancia que deciden mantener respecto a otro individuo.

Su idioma está construido sobre movimientos mucho antes que sobre sonidos.

Por eso, cuando compartimos un paseo, conviven dos formas muy diferentes de entender la comunicación.

Nosotros buscamos palabras.

Ellos leen cuerpos.

 

El paseo empieza a cambiar cuando dejamos de dirigirlo todo

Existe una tentación difícil de evitar.

Narrar el paseo.

“Vamos.”

“Por aquí.”

“No.”

“Muy bien.”

“Ven.”

No hay nada malo en utilizar la voz cuando es necesaria.

El problema aparece cuando deja de ser una herramienta para convertirse en ruido de fondo.

Porque cuanto más hablamos, menos espacio dejamos para observar.

Y observar es, probablemente, una de las habilidades más importantes que puede desarrollar cualquier persona que convive con un perro.

Cuando el silencio aparece, empezamos a percibir cosas que antes quedaban ocultas bajo nuestras propias instrucciones.

El momento exacto en que el perro reduce el ritmo porque ha detectado un olor nuevo.

La manera en que modifica su trayectoria para evitar incomodar a otro perro.

La rapidez con la que interpreta un cambio de viento.

De repente, el paseo deja de ser una secuencia de órdenes.

Y empieza a parecerse a una conversación.

 

Confiar también significa dejar espacio

Hay una imagen que resume bien esta idea.

Dos individuos caminando juntos.

No necesitan comprobar su posición a cada instante.

No necesitan llamarse continuamente.

Saben que el otro está ahí.

En etología, la confianza suele expresarse precisamente así.

No como dependencia permanente.

Sino como la capacidad de mantener la conexión incluso cuando cada uno dedica atención al entorno.

Muchos perros equilibrados no caminan mirando constantemente a su guía.

Exploran.

Olfatean.

Se alejan unos metros.

Regresan.

Construyen una especie de hilo invisible que permanece tenso sin necesidad de sujetarlo continuamente.

Quizá ese sea uno de los mayores malentendidos de la convivencia moderna.

Hemos confundido atención con vigilancia.

Y conexión con control.

 

Lo que el silencio nos obliga a escuchar

Cuando desaparecen las palabras, aparecen otros sonidos.

El roce de las agujas secas bajo las patas.

El viento atravesando las copas de los pinos.

La respiración acompasada del perro después de una subida.

El leve tintineo de la chapa al cambiar de dirección.

Y, poco a poco, también aparece otra forma de observar.

Empiezas a darte cuenta de que el perro lleva varios minutos evitando cuidadosamente una zona especialmente expuesta al sol.

Descubres que siempre elige descansar donde circula una ligera corriente de aire.

Comprendes que hay lugares donde acelera y otros donde reduce voluntariamente el ritmo.

Nunca dejó de comunicarse.

Éramos nosotros quienes hablábamos demasiado para escucharlo.

 

La conversación que nunca necesitó palabras

Quizá el mayor privilegio de convivir con un perro sea precisamente este.

Poder compartir largos periodos de tiempo sin la obligación de llenar cada segundo con lenguaje.

Caminar.

Detenerse.

Esperar.

Respirar.

Continuar.

En una época donde todo parece necesitar una explicación inmediata, los perros siguen recordándonos que algunas relaciones encuentran su mayor profundidad precisamente cuando desaparecen las palabras.

No porque el silencio sustituya a la comunicación.

Sino porque, a veces, es la forma más pura que tiene de aparecer.

 

 

Cierre editorial

La próxima vez que salgas a pasear, prueba algo sencillo.

Durante unos minutos, no digas nada.

No porque tu perro necesite silencio.

Hazlo porque quizá tú necesites descubrir todo lo que llevaba tiempo intentando contarte.

 

 

En FEEL FOR DOGS creemos que comprender a un perro empieza mucho antes del adiestramiento. Empieza aprendiendo a observar. Porque algunas de las conversaciones más importantes nunca llegan a pronunciarse.

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